Se trata, dicen, de ofrecer al cliente una manera distinta de acercarse al ritual del comer. El cuerpo teórico de los inventos gurmandaises es tan elaborado y huero como el de la crítica de arte, así que lo dejaremos. No obstante, en el lado práctico, los propietarios de este tipo de locales unimesa, manifiestan, con velado alborozo, que si todos los días suena una vez el teléfono para hacer reservas, la cosa va como la seda.
Desde el punto de vista de la economía, este invento no es muy novedoso. En los años ochenta del siglo XX, el gran José Luis Coll sentó las bases de este tipo de establecimiento. Su postulado era poco más o menos el siguiente: "si usted tiene un bar y vende los botellines de cerveza a cinco duros, tendrá que trabajar mucho para hacer fortuna pero si pone el botellín a doscientas cincuenta mil pesetas, con que venda uno ya ha hecho el mes. Impecable.
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